13.7.07

CASCABEL


CASCABELNo hay camino rial cercano, el silencio lo rodea todo como el olor del mastranto. El jagüey permanece con su frescura de cristal que va fluyendo gota a gota. A lo lejos, un banco. El toro criollo, rojo, vigía. Es un bicho largo de unos 6 o 7 años, retaco, cachizurdo y comegeniao. Se escucha un silbido triste que congela el horizonte en una armonía absoluta. todo se calma derrepente, todo se mueve y todo permanece en su lugar. El sol se va levantando apenas detrás del monte, del otro lado lo espera la cordillera. Inmensa, tranquila, imponente, lejana.Crece el silbido, los aperos de cuero gimen en el movimiento de la trocha, la soga está engrasada y recogida en el soguero, la cachera es la misma, también va pegada. (De niño, esperaba a que su silla estuviera e el garabato para tocar la cachera. Ese sonido seco de los trozos de cacho, esa textura del paso de mil sogas.) El caballo va tranquilo, solo sus orejas permanecen inquietas como sus ojos, masca el freno alegre y escucha también la tonada. Ya viene el blanco, despunta la mañana fresca y todo parece no moverse, pero lo hace. La punta de la tapa ya nos ha visto. Se mueve ciega y violenta hacia el sol de fuego en medio del sural. Ah!!, ciega y violenta en medio del sural… aprieto las riendas en mis manos y le arrimo los talones al moro. Mantengo larga la vista y veo la gorra blanca moverse a lo lejos. Avanza fácilmente por la banqueta, detrás van mis hermanos. Tengo que salir a la banqueta, tengo que cortarle la carrera y obligar a la punta a pararse, tengo que llegarle a tiempo a la gente y cerrar la argolla. Ah, el sural. Ese sural… “Busquen sus puestos haber..” canta claro el blanco que investiga en la manada la becerrada. Se componen los aperos y se incorpora la comisión que se había abierto detrás de la mata, traen el toro y un par de cachicamos, dos machos grandes y gordos. Se escuchan risas. El silbido continúa su tonada, el sol ya se completa encima de la mata y el olor de la mañana trae consigo aires de invierno, suenan los cueros profundos y largos a lo lejos y se sienta a llover. Busco mi puesto, me adelanto a la oreja derecha y respiro hondo, despego el caucho con cuidado y me lo pongo lentamente. Me gusta ese sonido. Hay que llegar a la majada antes del medio día. El rodeo, desconcertado, se va levantando. “Vamonós!” ...

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